viernes, enero 13, 2012

Gilda o Rebecca

Gilda huía de sus problemas, hasta que se topó de frente con ellos y no tuvo más remedio, es impulsiva, lo que no suele ser bueno, intenta hacer ver que tiene el corazón de hielo y la fortaleza de piedra, pero en realidad es caliente y plástica, como el magma, te mira y te desarma, con un golpe de cadera puede hacerte pedazos y recomponerte con una canción, subirle la cremallera es como coronar un ochomil, es hermosa hasta decir basta, aunque tienes que mirarla una segunda vez para detectar toda su belleza. Gilda es como las ondas de su pelo, se adapta, crece, se hace fuerte y tierna a la vez, evoluciona a cada paso que da.

Rebecca es dura como la piedra, fría como el hielo, no es capaz de ver su felicidad si no la compara con la desgracia de los demás, una vez aparece en tu vida ya no se va nunca, se mueve como una sombra, es una cicatriz, una enfermedad crónica, es altanera. Todo el mundo la adora, es hermosa a más no poder, encantadora, dulce, divertida y chispeante, pero una vez saca su lado oscuro deberías huir, pero es un enigma buscas y rebuscas en su interior intentando detectar algo que arroje luz a ese mundo interno, pero lo único que encuentras es la marca que deja, que se ha dejado a si misma, es victima de su propio personaje.

Y tú quién eres ¿Gilda o Rebecca?

jueves, diciembre 29, 2011

La vida no vivida

Le miraba desde mi esquina, en silencio, esperando no ser descubierta jamás, era mi elemento prohibido, cuando sonreía me temblaban las piernas, pero no había nada mejor que verle inclinar la cabeza sobre el papel mientras movía el bolígrafo a compás, estaba dibujando y aquello siempre era una experiencia, porque yo siempre era la primera en ver sus dibujos, como si entre nosotros hubiera una conexión artística, él leía y yo analizaba sus dibujos, poco a poco nos encaprichamos el uno del otro, pero nuestras circunstancias no nos permitían hablarlo, ni las circunstancias ni el miedo al fracaso, primero por mi, después por ti, hasta que un día, cuando nuestra amistad fue lo suficientemente fuerte nos confesamos la atracción, nuestras historias se fraguaron en nuestra cabeza, él era ideal para mi y yo ideal para él, eso nos impedía, bajo toda circunstancia, tener una historia real, cruda, dura, con problemas que no existían en nuestras mentes. Al final la amistad se diluyó, como se desvanecen otras tantas amistades, pero nuestras vidas no vividas nos acompañan, golpeándonos con fuerza cuando menos lo esperamos. Esa vida inventada aparece en sueños, en recuerdos fabricados y nos encoje el alma, no con nostalgia, sino con la amargura de saber que aquello nunca sucedió ni sucederá.

Lo cierto es que hay algo positivo en todo esto, sabes a ciencia cierta que hay alguien que no forma parte de tu vida cotidiana, que de vez en cuando, aunque no sepas con qué frecuencia, te tiene presente, que cuando alguno de los dos falte el otro lo mantendrá vivo, del resto de gente con la que te has relacionado no puedes estar seguro, pero la vida no vivida se enquista en aquellos que no la vivieron y tal y como hay gente que convive con una enfermedad crónica tú convives con ellos y ellos contigo.

martes, diciembre 13, 2011

Un buen día (parte 2)

-Nos están rodeando señor, deberíamos replegarnos.

A pesar del tono frío y distante utilizado por su subordinado, como si sus palabras guardaran una verdad irrefutable que hasta ahora no se había tenido en consideración, el Teniente Blázquez rompió a carcajadas hasta casi quedarse sin respiración. Con sus ojos anegados en lágrimas dirigió la mirada hacia los del sargento; pero no se centró en ellos, sino que los traspasó, como mirando algo más distante, incluso más allá del campo de batalla. Arrieta no pudo evitar pensar que el hombre que tenía a su lado estaba perdiendo el juicio.

-¿Se encuentra bien señor? -durante un instante quedó ausente, ajeno a la realidad que lo rodeaba. -Eduardo ¡responde! -lo tuteo mientras sacudía levemente su hombro izquierdo en un tímido intento por sacarlo de su letargo.

Pero Eduardo estaba sumido en sus pensamientos, el traqueteo de las ametralladoras y los disparos de mortero quedaban ahora lejos de sus reflexiones. Pensó en su familia, en sus padres, en su hermano, con el que casi no se hablaba, en el hijo que nunca tuvo, y en aquella mujer que lo hizo tan feliz al principio como desgraciado al final. Recordó su niñez, trasladándose constantemente de allí para allá a cualquier lugar donde reclamaran a su padre. Pensó en lo insulsa que había resultado su vida, siempre rodeado de muerte y destrucción. Muerte y destrucción como la que ahora lo acosaba luchando ferozmente por devolverlo a la dura realidad.

Muerte... como los cientos de cuerpos sin vida que plagaban el campo de batalla; y destrucción... todo era destrucción. Y los vivos estaban aterrados, sin tiempo para pensar que probablemente no volverían a ver a sus familias, ni a sus amadas ni amantes, ni volverían a sentir el placer de beber un buen vino, o de saborear la deliciosa cocina de sus madres o esposas. Sin tiempo para preguntarse porque su teniente al mando, aquel hombre en el que confiaban su vida a cada paso, en cada decisión tomada, no les sacaba de aquella situación absurda y sin sentido. Sin tiempo para nada más que para intentar sobrevivir al incesante fuego enemigo.

-¡Eduardo! ¡Eduardo, despierta joder! -sintió una fuerte bofetada en su rostro- Hay que tomar una decisión inmediatamente ¡nuestros hombres están muriendo! -le encantaba tener a ese hombre a su lado, siempre tan claro y directo.

-Ya es tarde para replegarse Sargento, nos aniquilarían por completo -dijo de repente, como si no hubiese estado ausente-. Es avanzar o morir, no nos queda otra.

En ese instante el Teniente Blázquez agarró fuerte su fusil, como si le fuera la vida en ello, salto al piso descubierto donde nada se interponía entre él y sus enemigos, y aullando un grito ensordecedor corrió poseído directo al infierno, sin miedo, sin culpa, sin remordimientos. Si alguien le hubiese preguntado en aquel momento porqué lo hizo, porqué se abalanzó sobre la muerte como desesperado por abrazar su silencio, es probable que no hubiese sabido qué contestar. Aquello fue una liberación, un intento absurdo de expiación para despojarse del peso que los cientos de soldados muertos cargaban sobre sus hombros; el mismo peso que hacía tan solo unos minutos le impedía levantarse, el mismo que entonces lo catapultó hacia un acto de necio heroísmo. Tras de sí arrastraba la pena y el lamento de los fallecidos, sus esperanzas rotas, sus sueños ahora imposibles. Y mientras avanzaba entre las balas silbantes, todo ese peso iba desapareciendo para dar lugar a una extraña sensación de victoria que le permitía no correr, sino volar como un globo henchido de helio como lo estaba él de gloria.

Pero tras casi doscientos metros de carrera, cuando rozaba su objetivo con la punta de los dedos y el milagro que necesitaba parecía estar cerca... la muerte lo encontró. Una ráfaga del calibre treinta alcanzó su pecho y lo derribó cruelmente al suelo. Hasta aquel momento no se planteo que su maniobra había resultado un triste suicidio, y durante unos instantes se sintió ridículo. Las culpas ya no tenían sentido, ni los lamentos, ahora tocaba aceptar las consecuencias y morir dignamente, sin pueriles lloriqueos que empañaran su honor. De repente, cuando estaba a punto de cerrar sus ojos y dejarse llevar por la oscuridad, decenas de sus hombres encendidos en cólera comenzaron a rebasar su posición para asaltar la trinchera tras la que se escondían sus verdugos. Parecía que su demente intento por lograr que lo matasen había sido doblemente exitoso: por un lado moriría aquella misma tarde, sin más culpas, sin más lamentos; por otro había dado una oportunidad a sus hombres para ganar la batalla y que al menos unos cuantos sobrevivieran a aquella matanza. Y tirado allí sobre el sucio y frío suelo del campo de batalla, mientras se desinflaba de vida por los tres agujeros que atravesaban su torso y escuchaba los vítores de victoria de los soldados supervivientes, pensó en que los milagros existen y que a pesar de todo, aquel día, terminaría siendo un buen día.

FIN.

miércoles, diciembre 07, 2011

Un buen día (parte 1)

En cada respiración sus fosas nasales se colmaban de ese empalagoso hedor a sangre que impregnaba el aire, mientras los disparos y las explosiones le martilleaban incesantemente sus ya maltrechos oídos. Una docena de cuerpos sin vida yacían inmóviles a su alrededor, y otros tantos moribundos gemían y se retorcían de tal modo que hacían parecer la muerte el menor de sus problemas. Ya debería estar acostumbrado a aquello, diez años sufriendo los amargos horrores de la guerra hacían de un hombre alguien rudo, con el coraje y la fuerza de voluntad suficientes para seguir luchando aún cuando sus compañeros iban cayendo por centenas bajo el fuego enemigo. Pero no eran compañeros, eran sus hombres los que estaban muriendo, y lo hacían por nada; o al menos nada que él pudiese entender.

Eso era exactamente lo que le corroía las entrañas, y cebado por el odio y la rabia era incapaz de pensar con claridad. Todo por las ansias de gloria de un comandante estúpido que no quiso ver lo que estaba plantado delante de sus narices. No pudo desobedecer la orden directa de un superior, aun sabiendo cual serían las consecuencias, y ahora se sentía impotente sin saber como sacar a sus hombres de aquella matanza. La culpa recaía sobre sus hombros con tal fuerza que le costaba la misma vida continuar en pie.

-¡Maldita sea teniente! no podemos seguir avanzando -una voz jadeante interrumpió sus fútiles pensamientos- ¡Hemos perdido más de la mitad de nuestros jodidos hombres en tan solo cincuenta metros!

Conocía pocos soldados que, como Arrieta, hablaran tan descortésmente a un superior, pero aquello era precisamente lo que más agradecía de aquel veterano sargento. Siempre sincero, tan directo como una flecha dirigiéndose a su objetivo, soltaba las verdades sin tapujos ni eufemismos. Quizás por aquella razón aún seguía siendo sargento, durante lustros condenado a estar bajo las órdenes de muchachos que aún gateaban cuando él ya luchaba en el campo de batalla. Le gustaba tenerlo a su lado.

-¿Cuantos más necesitamos? -sabía la respuesta a aquella pregunta, pero necesitaba tiempo para pensar.

Arrieta asomó su enjuto rostro por encima del pequeño montículo de arena que los ocultaba de sus enemigos. No tuvo que pensárselo demasiado, él también conocía la respuesta.

-Al menos doscientos señor -sus palabras quedaron suspendidas en un quedo murmullo mientras volvía a ocultarse- Quizás ciento cincuenta, aunque desde aquí no sabría decirle con seguridad.

Ni doscientos ni ciento cincuenta, dudaba que pudiesen avanzar ni ochenta miserables metros con aquella torre aniquilando a todo lo que se movía. Decenas de pensamientos se agolpaban en su cabeza, pero ninguno que le ayudara a resolver aquel intrincado rompecabezas en el que se había metido de lleno... y a sus hombres con él. De todos modos se había dado por vencido, esta vez ni su prodigiosa mente ni sus más que avalados conocimientos militares servirían de nada, pensó con sorna mientras inclinaba una de sus comisuras en un intento de sonrisa amarga. Un milagro era lo que necesitaban.

Un tenue rugido sonó encima de sus cabezas. Una avión de reconocimiento hacía su ronda a unos quince mil pies de altura, a salvo de los misiles tierra-aire, obteniendo cientos de datos sobre la superficie que más tarde utilizaría inteligencia para planear sus movimientos. Era una útil herramienta, aunque se necesitaba un control total del espacio aéreo para poder realizar aquellas maniobras con la seguridad requerida. Nada nuevo, de todos modos el bombardeo quedaba descartado ¿Qué demonios hacían allí? Ese era el pensamiento más recurrente. Nada de ideas, nada de milagros.

CONTINUARÁ...

viernes, diciembre 02, 2011

Conversación entre hermanos




- Fíjate lo que son las cosas, los pobres no saben dónde estoy y “los tuyos” le dicen que encontrarme es reabrir heridas ¡Qué Barbaridad! ¡No se puede abrir una herida que no se ha cerrado!

- Pues anda qué… Cuando aquello fue para adelante fui convencidísimo porque no me gustaba como estaban las cosas, tienes que reconocer que era muy bonito pero en la práctica era un desbarajuste, yo seguía a las cabezas, pero el levantamiento quedó descabezado y nos tuvimos que conformar con el cerillita.

- ¿Así le llamabais?

- Así le llamábamos, nunca entenderé como después de lo mal que se lo hicimos pasar en Zaragoza, reabrió la academia. Era un tibio, no tenía ni chispa de inventiva militar, fatal para la estrategia, pero también tenía una mala hostia… Entiendo que no quieran dejar sus estatuas, a mi parecer no se las merece, a no ser que se explique en las placas quien es, pero hubo, en el levantamiento, quien no creía en su manera de hacer estado y sin embargo esos son tratados como criminales, ahora hay que borrar la huella de todo el mundo.

- Espero que no sigan así, nos tienen que recordar a ti y a mí, primero por nuestros nombres y luego como patriotas, independientemente de la cantidad de colores que tuviera nuestra bandera.

- Los dos caímos como caen los hombres, teníamos la sangre del mismo color, el mismo idioma, cantidad de elementos culturales comunes…

- Hermanos, éramos hermanos, todos lo éramos y nos matamos, eso es lo que hay que superar, sin olvidarlo y sin necesidad de peleas. Aquel que no conoce su historia está condenado a repetirla, eliminar todos los nombres es eliminar la historia, eliminar los monumentos es tan atroz como quemar iglesias.

- Eso no me lo digas a mí, que nosotros no rompíamos vírgenes.

- Y yo nunca estuve de acuerdo con aquello, claro que se me contagió el anticlericalismo, pero fui siempre consciente de que los bienes materiales que poseía la iglesia no dejaban de ser patrimonio cultural, pero a veces los hombres se ciegan y en el 36 nos pusimos una venda todos y nos fuimos a pegar garrotazos a todo lo que pillásemos por medio. Razonar… razonar es una facultad intrínseca en el ser humano que lo define, lo distingue del resto de los animales, pero no siempre razonamos, no siempre somos tan humanos.

- ¡Qué bien hablas coño! Supongo que con la perspectiva que ofrece verlo todo desde lejos hemos llegado al acuerdo de que todos formamos parte de la memoria histórica y las cosas deben dejar de verse como Vencedores y Vencidos, tal y como se hizo mientras cerillita estuvo vivo, y como Reprimidos y Represores, que es hacia donde están girando.

- Hermanos, éramos hermanos y nos matamos, somos hermanos y no nos perdonamos.

- Yo te perdono.

- Y yo a ti.

miércoles, noviembre 23, 2011

Carta de Odio


Querido individuo (te llamo así porque no me sale llamarte mejor):

Te escribo estas líneas porque estoy muy acostumbrada a manifestar mi amor por carta y estos últimos días me he dado cuenta de que es un error no manifestar mi profundo odio hacia ti de la misma manera, ya que es un sentimiento igual de fuerte.

Supongo que mis palabras te sorprenden porque no me has hecho nada, o al menos eso crees, para que yo sienta tal cosa por ti, desde luego considero que no puede haber sobre la tierra un ser que alimente tanto este sentimiento de forma consciente, si no es así y tu intención es que yo sienta esto por ti es que no sólo eres un ser despreciable, es que eres el mismo demonio, que en lugar de sangre en las venas tienes veneno.
Cuando te conocí no hubo nada en ti que me hiciera sentir ni siquiera un poquito de rechazo, así que puedo decir que mi sentir, aunque es irracional, no es del todo infundado. Supongo que sabes que la manera en la que te has dirigido a mí a medida que avanzaba nuestra relación tu manera de interactuar conmigo ha sido cada vez más desagradable.  Me enerva tu manera de hablar, de moverte, de quejarte de absolutamente todo y no ofrecer una solución. Si bien no has llegado a insultarme queda patente que consideras que todo ser viviente que deambula a tu alrededor posee menos importancia que tú, que no hay nadie más guapo, ni más listo, ni más interesante, pero lo cierto es que cada vez que te veo mis ganas de escupirte en un ojo son tan grandes que reprimirlas me lleva hasta la náusea. Hay quien me ha dicho que es posible que este sentimiento está producido por mí misma, que soy yo quien alimenta este profundo odio, pero lo que yo creo es que eres tan irritante que no te soportan ni mis recuerdos.

Las sensaciones que me produces están tan a flor de piel que no necesito mirarte para saber que estás ahí, mis entrañas reaccionan ante la repugnancia que les produces y las controlo como buenamente puedo, no sé exactamente porqué, igual es tu nauseabundo olor, que tu inmunda  energía, pero algo hace que me ardan las sienes, me hierva la sangre y se me acelere el corazón. Sé que es posible que me lo notes en la mirada a pesar de mis esfuerzos por mirarte como las vacas miran a los trenes, pero la emoción es tan grande que dudo que no se refleje en mi rostro, a este respecto te ruego que si un día pierdo la expresión y babeo por un lado de la boca llames a una ambulancia, seguramente me ha dado un ictus por tener que aguantar tu repulsiva presencia.

Sin más me despido, no sin agradecerte que seas blanco de mis iras, lo que me une al resto de la humanidad, que sin duda también te odia, que sepas que no te deseo ningún mal, pero ojalá te pierdas en el Ikea el día que quiten las flechas azules del suelo.

miércoles, noviembre 16, 2011

Cien pasos para morir

La pesada puerta de acero se abrió bruscamente, contaminando la celda con ese irritante eco que me embotaba la cabeza. Escribía mis últimas palabras casi compulsivamente, aterrorizado por no poder terminarlas antes de que me obligaran a abandonar para siempre, el que había sido mi hogar durante los últimos veinte años. Había procurado dejar todos mis escritos minuciosamente organizados, acompañándolos con una nota en la que explicaba qué hacer con ellos, pero me había retrasado ultimando los detalles, y ahora corría desesperado por no dejar cabos sueltos antes de que mis verdugos me invitaran a soltar la pluma y me escoltaran servicialmente hacia la muerte.

–Es la hora –me anunció el alguacil mientras dos funcionarios se aproximaban por mi flanco izquierdo con esposas en mano.

–Sólo necesito unos segundos –respondí con cierta zozobra-, no puedo dejar esto sin acabar.

–Sabes que eso es imposible. Este... proceso, requiere una exquisita puntualidad –replicó con tranquilidad mientras conducía a los guardas con un simple ademán de cabeza–, así que ponlo fácil y levántate para que podamos esposarte.

–¿Este “proceso”? –necesitaba tiempo– ¿Por qué no llamarlo por su nombre y decir directamente ejecución? Sería mucho más apropiado.

–Como prefieras, pero has de levantarte –su quietud parecía imperturbable.

–No debe ser cómodo ser el mensajero de la muerte –me dirigí entonces a los encargados de custodiarme–, pero por mi parte os perdono, sé que sólo hacéis vuestro trabajo.

Durante unos instantes se mostraron confundidos, y miraron dudosos a su jefe, paradójicamente sorprendidos de la resistencia mostrada por un condenado a muerte minutos antes de ser sentenciado. Y señalo paradójico por lo contradictorio que puede parecer que un hombre acepte tan aciago destino sin lucha ni oposición, y sin embargo, a fuerza de costumbre, convertirse en algo tan habitual que cualquier vacilación o demora en lo que parece ser una liberación más que un castigo, resulte extraordinario en vez de vulgar.

Fuera como fuese, su desconcierto se tornó rápidamente en determinación con un nuevo ademán de cabeza por parte del alguacil, esta vez más violento, más perentorio. Inmediatamente antes de ser conminado por los guardas a dejar mi incómodo asiento y levantarme para ser aherrojado, concluí mis últimas voluntades y abandoné cualquier atisbo de rebelión con un diligente gesto de sumisión, mostrando mis manos y mis pies para ser esposados. En el escritorio quedaban huérfanos los restos de mi última comida, un bolígrafo medio desgastado, un viejo flexo de hierro anclado a la pared y miles de folios donde escribí, durante las dos décadas en las que estuve esperando mi final, todas mis reflexiones. Una generosa hacina de papeles que había escondido celosamente de ojos curiosos, y que esperaba se convirtieran, algún día, en mi única contribución a un mundo al que desgraciadamente sólo había causado dolor.

Comencé a recorrer el pasillo. Cien pasos, escoltado y encadenado, desde mi cautiverio hasta mi óbito. Cien pasos que parecieron cien millas; cien millas recorridas en un instante. Y en ese instante todo tipo de pensamientos se agolpaban en mi cabeza, fútiles pensamientos de un condenado a muerte, preguntas y respuestas que carecían ya de importancia. Me invadió entonces la sensación de estar recibiendo el castigo de otro desgraciado, de que realmente ejecutaban al hombre equivocado, porque ¿qué es lo que quedaba en mí de aquel joven malnacido? No pensaba en injusticia, pues hacía tiempo que acepté mi castigo y renuncié voluntariamente a ese derecho que tenemos todos de luchar por nuestra vida. Vida que arrebaté a mi víctima sin concederle oportunidad alguna, pero realmente sentía que mi yo, en aquel momento, era muy distinto a mi yo de hacía veinte años.

Si me hubiera encontrado cara a cara con aquel chico inseguro y frustrado, hubiese intentado convencerlo de que aquella no era la solución. Que toda esa rabia acumulada, producto de la temprana muerte de su padre, de la falta de cariño y atención de su madre, de las incesantes palizas recibidas por su padrastro, del fracaso que acompañaba todos sus actos, del entorno hostil donde se educó durante toda su infancia, de las drogas, de las peleas, de sentirse perdido e incapaz de encontrarse... toda esa rabia acumulada no podía ser apagada con destrucción, que nadie se puede erguir con el privilegio de arrebatar algo tan sagrado como la vida y querer desentenderse del mal infligido. Pero lo cierto es que cualquier discurso hubiese sido en vano, dudo mucho que por aquel entonces estuviese dispuesto a reflexionar sobre nada de lo que hacía, y eso incluía el asesinato. Quizás hubiese bastado con un poco de amor y comprensión. Sé que puede parecer inocente o pretencioso pensar que el amor y la comprensión pueden salvar vidas, pero realmente lo creía.

Había recorrido cincuenta de los cien pasos pensando en el antes, y al cincuenta y uno comencé a pensar en el después. Muchos pueden creer que el después para un condenado a muerte no existe, y en cierto modo es así, saber que eres únicamente para dejar de ser, es una sensación muy difícil de sobrellevar. No se puede vivir sin futuro, sin esperanzas, sin ilusiones o desilusiones... no se puede vivir sin nada que esperar, sólo se puede sobrevivir a la espera de tu final. Por eso la mayoría de los reos se niegan a aceptar su sino y luchan hasta el último momento con el anhelo de que un giro inesperado, y casi disparatado, les libre de la muerte, aunque ello significara pasar los restos entre rejas. No es pues una cuestión de arrogancia o desdén el pelear por tu vida habiendo tomado otra, sino mera supervivencia inherente al ser humano. Yo había pasado veinte años esperando la inyección, y hacía sólo cinco comprendí que por respeto a la víctima, a sus familiares, a los míos y, sobre todo, a mí mismo, debía dejar de luchar y rendirme a la muerte como lo hacen los ancianos cuando saben que ha llegado su hora.

Curiosamente fueron estos cincos años los más provechosos de mi encarcelamiento, en los que, sin un futuro en el que pensar, pude centrarme sin distracciones en el presente y en el pasado. Reflexioné sobre las decisiones que me habían arrastrado hasta aquella situación, y sobre las causas que me llevaron a tomar esas mismas decisiones. Pensé en mi responsabilidad y si el castigo impuesto era la mejor manera de hacerme pagar por mi crimen. Si hubiese creído que mi muerte liberaría al mundo del dolor ocasionado, sin duda todo habría merecido la pena: el sufrimiento de mis abuelos hasta su temprano fallecimiento, la frustración de mi hermano menor que lo arrastró a un final incluso más penoso que el mío, la agonía de mi madre por sobrevivir a sus hijos... si con mi sacrificio y el de toda mi familia hubiese podido devolverles la felicidad a quienes se la arrebaté hace veinte años, la pena capital me hubiese parecido la más justas de las sentencias. Pero lo cierto es que aquello carecía de sentido, y desgraciadamente ni mi muerte ni el daño causado a todos mis seres queridos, conseguiría aliviar la angustia sufrida por las víctimas durante todo este tiempo. Parecía irónico que para pagar por un crimen se necesitara infligir tanto dolor. ¿Realmente no existía otra alternativa? Protestas silenciosas que desde hacía tiempo no compartía con nadie, sólo conmigo mismo y con el papel que me acompañaba perenne en mi cautiverio.

Por fin di el último paso para encontrarme de bruces con las puertas del averno. Tras ellas la muerte, tras de mí cien pasos. En aquel momento solo deseaba reencontrarme con mi víctima y pedirle disculpas.


Triste historia que revivir
una y otra vez
para intentar aprender en vano,
que ninguna vida se debe tomar
por antojo ni castigo humano.