martes, julio 24, 2012
Yo no quiero ser francesa
sábado, julio 21, 2012
Ser o no Ser
lunes, junio 11, 2012
La Peor Situación
viernes, junio 08, 2012
Hacer Historia, Cambiar La Historia, Ser Historia
lunes, abril 16, 2012
Primavera, viajes y apocalipsis
Lo realmente curioso de esta situación es, en realidad, que veo lo
que está pasando como el que estudia historia, desde lejos, fuera de contexto,
con la diferencia de que antes, lo que estaba fuera de contexto era el texto
que tenía delante y no yo, como parece pasar ahora mismo, me veo como una
viajera del tiempo que se ha quedado atrapada en una fase interesante, pero
desagradable y no puedo volver a casa. miércoles, abril 11, 2012
Te reconozco entre la multitud.
Es en estas ocasiones cuando te echo de menos, si, no te sorprendas, te echo de menos, aunque quizá no como las exparejas se echan de menos, o quizá si, no echo de menos tu aroma, ni echo de menos mesarte la barba, ni echarme una siesta contigo, lo que echo de menos es a mi amigo, ese que un día, antes de ser mio me prometió que, pasara lo que pasara, íbamos a ser amigos siempre.
Pasan los años, que ya han sido muchos, y aún así, todavía, igual que te veo entre la multitud, hay cosas que suceden en mi vida que siento el impulso de contarte, como le contaría a cualquiera de mis amigos, antes lo hacía y mientras hubo algo peleabamos por cualquier cosa, eso tampoco lo echo de menos, pero hubo un dulce momento en el que fuimos civilizados, en el que después De, fuimos amigos, hasta que sin explicación previa se acabó y entonces sólo fuiste una cara que reconozco entre la multitud, una sonrisa que reconocería en cualquier parte, unos ojos que, a pesar de los años, me taladran. Con el tiempo empiezas a pertenecer a una vida anterior que ya no recuerdo, hasta que te veo entre la multitud.
viernes, abril 06, 2012
Cuando éramos Heavys
martes, abril 03, 2012
Me busqué un apoyo y parecía que la cosa andaba, pero el bloqueo nos golpea a todos, a mi cada vez con más frecuencia y mi compañero y yo hemos coincidido en una parada contemplativa, que al fin y al cabo esos son los bloqueos, paradas contemplativas.
Espero disculpen estas líneas sin salero alguno, y las acepten a modo de disculpa por la inactividad, que desde luego, a quien más daño hace es a mi, ya que soy yo la que se queda sin lectores, porque en estos tiempos, por suerte, un lector no se queda sin escritores, porque somos muchos y muy buenos todos.
Prometo, de todas maneras, recuperaros, sin necesidad de robaros a otro autor.
Hasta dentro de muy poco.
jueves, febrero 02, 2012
La literatura y yo.
| Siempre me había gustado escribir, pero no tenía un tema concreto, ni siquiera utilizaba un lenguaje concreto, simplemente cogía los bolígrafos de mi hermana, porque en el colegio sólo utilizábamos lápiz, y escribía, me maravillaba que el bic me obedeciera con aquella diligencia, tanto que llegué a destrozar un bolígrafo para ver como era la bola y la tinta y qué mágico elemento tendría aquel palito para que reflejara tan fielmente mis ideas, cuando dibujaba con el lápiz nunca era así, la imagen que tenía en la mente nunca se plasmaba en el papel, hubo un momento en el que conseguí que se parecieran bastante ambas imágenes, pero las palabas ¡ay! Las palabas nunca me han traicionado. No me gustaba leer, realmente porque no hubo una transición entre los libros con mucha imagen y poco texto a todo lo contrario. Me negué rotundamente hasta que llegó Fray Perico. Nos obligaron a leer un libro del barco de vapor en el colegio, y no sé por qué aquel fraile y su borrico me llamaron la atención, quizá les llamé la atención yo a ellos, hay veces que el libro te elige a ti y no al revés, sin embargo, nuestra relación, como en las buenas relaciones, los inicios fueron duros. Yo tenía buena velocidad de lectura a pesar de mis reticencias, pero no era capaz de leer más de una página “¡Es imposible!” Decía, no hay nadie capaz de leerse esto, es enorme, ahora lo recuerdo y no puedo más que reírme, el libro no tenía más de cien páginas, incluyendo una letra enorme y unas cuantas ilustraciones. Mi hermana, harta de mis quejas, cogió el libro, me miró y dijo “Si yo me lo leo, te lo lees tú” acepté sin rechistar, quería quedarse conmigo, no había ser sobre la tierra que fuera capaz de leerse un libro entero. ¡Qué ilusa! Mi hermana no tardó más de dos horas en acabarlo, así que si ella podía yo también, con el aliciente de que ahora tenía alguien con quien comentar lo que leía, eso no quita que a mi tierna edad de ocho años tardara casi un mes en leérmelo, pero descubrí aquella maravillosa sensación, que siempre es igual de buena y gratificante que resulta terminar un libro. A los doce años nos mandaron una actividad en el colegio, escribir una pequeña historia sobre un niño imaginario que vive una aventura, entonces nació Nemesio, un niño muy pijo que intentaba escaparse de casa en la limusina de su padre, lo leímos en voz alta y sin duda mi historia fue la que más gustó, eso me dio alas, desde entonces estoy casada, era demasiado joven, lo he intentado dejar, pero la literatura no permite que me vaya, nuestro matrimonio es para toda la vida, todos los días de mi vida, con sus altibajos y sus variantes. Después de las aventuras de Nemesio, encontré a Bécquer, cada noche leía un par de poemas o una leyenda, y me dio por la poesía, cada día escribía cuatro o cinco, en cualquier papel en blanco que me encontrara, tenía a todo el mundo aburrido, no había papel de mi padre que no estuviera firmado por mi incontinencia poética, ni ejercicio de matemáticas que no tuviera un haiku para adornarlo, definitivamente no era difícil ver a lo que me iba a dedicar, pasara lo que pasara, lo ideal sería hacer de mi enfermedad, porque no se podía llamar de otra manera, una ventaja que pudiera aportarme un sustento. Poco a poco empecé a escribir relatos cortos, sobretodo análisis de imágenes y sensaciones, muy experimental.
Es un baño de alientos,
De susurros suaves
En orejas vírgenes
Y vientres experimentados.
Es aire de segunda mano
Del que se vive dulcemente,
Es dependencia de manos,
De labios, de pechos, de cuellos,
Es muerte y resurrección
Que nos deja sin aliento
Y con un paño dulce,
Casi amniótico y protector,
Que nos envuelve
Y casi nos hace brillar.
Es fuerza sobrehumana,
Instinto infrahumano,
Naturaleza animal llena de razón.
No hubo más remedio que regalarme un cuaderno, precioso, con letras kanji, que ahora está ajado y repintado y repleto de poemas y microrelatos de una febril adolescente, ese fue el nacimiento de Composiciones de bolsillo, 325 composiciones en total. Mi profesora de lengua en tercero y cuarto de ESO siempre lo cogía durante los exámenes. Tenía muchas faltas y me las corregía, me señalaba los que más le gustaban y me regañaba porque nunca llegaba al sobresaliente en su asignatura, ella tenía por costumbre regalar un libro a los alumnos de sobresaliente, y el mio lo compró después de leer mi cuaderno por primera vez, me lo dio el día de mi graduación, una antología de los poetas del 27, no llegué a sacar sobresaliente, la frase de ella que más recuerdo es “No entiendo como puedes escribir también y no ser capaz de hacer un análisis sintáctico”. Mis relatos fueron creciendo conmigo, cada vez eran más largos, más elaborados, más pensados, con menos faltas de ortografía, fui abandonando la poseía poco a poco, también se me estaba pasando la calentura adolescente. Durante dos años mantuve una relación de amor odio con la literatura, son muchos años juntas y de vez en cuando se enfada conmigo y me abandona, eso me suele provocar bastante ansiedad, poca gente me entiende cuando les digo que me pican las manos y sólo se me quita escribiendo, pero cuando no puedo hilar más de dos frases con sentido me agoto. Creo que aquel bloqueo de dos años fue porque ella no aceptaba que yo hubiera renunciado a que vivir de la escritura fuera mi prioridad. Hace algún tiempo nos rencontramos con la pasión que conlleva una reconciliación, y entonces llegó nuestro primer hijo, mi primera novela, Winchester. |
viernes, enero 13, 2012
Gilda o Rebecca
Rebecca es dura como la piedra, fría como el hielo, no es capaz de ver su felicidad si no la compara con la desgracia de los demás, una vez aparece en tu vida ya no se va nunca, se mueve como una sombra, es una cicatriz, una enfermedad crónica, es altanera. Todo el mundo la adora, es hermosa a más no poder, encantadora, dulce, divertida y chispeante, pero una vez saca su lado oscuro deberías huir, pero es un enigma buscas y rebuscas en su interior intentando detectar algo que arroje luz a ese mundo interno, pero lo único que encuentras es la marca que deja, que se ha dejado a si misma, es victima de su propio personaje.
Y tú quién eres ¿Gilda o Rebecca?
jueves, diciembre 29, 2011
La vida no vivida
Le miraba desde mi esquina, en silencio, esperando no ser descubierta jamás, era mi elemento prohibido, cuando sonreía me temblaban las piernas, pero no había nada mejor que verle inclinar la cabeza sobre el papel mientras movía el bolígrafo a compás, estaba dibujando y aquello siempre era una experiencia, porque yo siempre era la primera en ver sus dibujos, como si entre nosotros hubiera una conexión artística, él leía y yo analizaba sus dibujos, poco a poco nos encaprichamos el uno del otro, pero nuestras circunstancias no nos permitían hablarlo, ni las circunstancias ni el miedo al fracaso, primero por mi, después por ti, hasta que un día, cuando nuestra amistad fue lo suficientemente fuerte nos confesamos la atracción, nuestras historias se fraguaron en nuestra cabeza, él era ideal para mi y yo ideal para él, eso nos impedía, bajo toda circunstancia, tener una historia real, cruda, dura, con problemas que no existían en nuestras mentes. Al final la amistad se diluyó, como se desvanecen otras tantas amistades, pero nuestras vidas no vividas nos acompañan, golpeándonos con fuerza cuando menos lo esperamos. Esa vida inventada aparece en sueños, en recuerdos fabricados y nos encoje el alma, no con nostalgia, sino con la amargura de saber que aquello nunca sucedió ni sucederá.Lo cierto es que hay algo positivo en todo esto, sabes a ciencia cierta que hay alguien que no forma parte de tu vida cotidiana, que de vez en cuando, aunque no sepas con qué frecuencia, te tiene presente, que cuando alguno de los dos falte el otro lo mantendrá vivo, del resto de gente con la que te has relacionado no puedes estar seguro, pero la vida no vivida se enquista en aquellos que no la vivieron y tal y como hay gente que convive con una enfermedad crónica tú convives con ellos y ellos contigo.
martes, diciembre 13, 2011
Un buen día (parte 2)
A pesar del tono frío y distante utilizado por su subordinado, como si sus palabras guardaran una verdad irrefutable que hasta ahora no se había tenido en consideración, el Teniente Blázquez rompió a carcajadas hasta casi quedarse sin respiración. Con sus ojos anegados en lágrimas dirigió la mirada hacia los del sargento; pero no se centró en ellos, sino que los traspasó, como mirando algo más distante, incluso más allá del campo de batalla. Arrieta no pudo evitar pensar que el hombre que tenía a su lado estaba perdiendo el juicio.
-¿Se encuentra bien señor? -durante un instante quedó ausente, ajeno a la realidad que lo rodeaba. -Eduardo ¡responde! -lo tuteo mientras sacudía levemente su hombro izquierdo en un tímido intento por sacarlo de su letargo.
Pero Eduardo estaba sumido en sus pensamientos, el traqueteo de las ametralladoras y los disparos de mortero quedaban ahora lejos de sus reflexiones. Pensó en su familia, en sus padres, en su hermano, con el que casi no se hablaba, en el hijo que nunca tuvo, y en aquella mujer que lo hizo tan feliz al principio como desgraciado al final. Recordó su niñez, trasladándose constantemente de allí para allá a cualquier lugar donde reclamaran a su padre. Pensó en lo insulsa que había resultado su vida, siempre rodeado de muerte y destrucción. Muerte y destrucción como la que ahora lo acosaba luchando ferozmente por devolverlo a la dura realidad.
Muerte... como los cientos de cuerpos sin vida que plagaban el campo de batalla; y destrucción... todo era destrucción. Y los vivos estaban aterrados, sin tiempo para pensar que probablemente no volverían a ver a sus familias, ni a sus amadas ni amantes, ni volverían a sentir el placer de beber un buen vino, o de saborear la deliciosa cocina de sus madres o esposas. Sin tiempo para preguntarse porque su teniente al mando, aquel hombre en el que confiaban su vida a cada paso, en cada decisión tomada, no les sacaba de aquella situación absurda y sin sentido. Sin tiempo para nada más que para intentar sobrevivir al incesante fuego enemigo.
-¡Eduardo! ¡Eduardo, despierta joder! -sintió una fuerte bofetada en su rostro- Hay que tomar una decisión inmediatamente ¡nuestros hombres están muriendo! -le encantaba tener a ese hombre a su lado, siempre tan claro y directo.
-Ya es tarde para replegarse Sargento, nos aniquilarían por completo -dijo de repente, como si no hubiese estado ausente-. Es avanzar o morir, no nos queda otra.
En ese instante el Teniente Blázquez agarró fuerte su fusil, como si le fuera la vida en ello, salto al piso descubierto donde nada se interponía entre él y sus enemigos, y aullando un grito ensordecedor corrió poseído directo al infierno, sin miedo, sin culpa, sin remordimientos. Si alguien le hubiese preguntado en aquel momento porqué lo hizo, porqué se abalanzó sobre la muerte como desesperado por abrazar su silencio, es probable que no hubiese sabido qué contestar. Aquello fue una liberación, un intento absurdo de expiación para despojarse del peso que los cientos de soldados muertos cargaban sobre sus hombros; el mismo peso que hacía tan solo unos minutos le impedía levantarse, el mismo que entonces lo catapultó hacia un acto de necio heroísmo. Tras de sí arrastraba la pena y el lamento de los fallecidos, sus esperanzas rotas, sus sueños ahora imposibles. Y mientras avanzaba entre las balas silbantes, todo ese peso iba desapareciendo para dar lugar a una extraña sensación de victoria que le permitía no correr, sino volar como un globo henchido de helio como lo estaba él de gloria.
Pero tras casi dos
cientos metros de carrera, cuando rozaba su objetivo con la punta de los dedos y el milagro que necesitaba parecía estar cerca... la muerte lo encontró. Una ráfaga del calibre treinta alcanzó su pecho y lo derribó cruelmente al suelo. Hasta aquel momento no se planteo que su maniobra había resultado un triste suicidio, y durante unos instantes se sintió ridículo. Las culpas ya no tenían sentido, ni los lamentos, ahora tocaba aceptar las consecuencias y morir dignamente, sin pueriles lloriqueos que empañaran su honor. De repente, cuando estaba a punto de cerrar sus ojos y dejarse llevar por la oscuridad, decenas de sus hombres encendidos en cólera comenzaron a rebasar su posición para asaltar la trinchera tras la que se escondían sus verdugos. Parecía que su demente intento por lograr que lo matasen había sido doblemente exitoso: por un lado moriría aquella misma tarde, sin más culpas, sin más lamentos; por otro había dado una oportunidad a sus hombres para ganar la batalla y que al menos unos cuantos sobrevivieran a aquella matanza. Y tirado allí sobre el sucio y frío suelo del campo de batalla, mientras se desinflaba
de vida por los tres agujeros que atravesaban su torso y escuchaba los vítores de victoria de los soldados supervivientes, pensó en que los milagros existen y que a pesar de todo, aquel día, terminaría siendo un buen día.
FIN.
miércoles, diciembre 07, 2011
Un buen día (parte 1)
En cada respiración sus fosas nasales se colmaban de ese empalagoso hedor a sangre que impregnaba el aire, mientras los disparos y las explosiones le martilleaban incesantemente sus ya maltrechos oídos. Una docena de cuerpos sin vida yacían inmóviles a su alrededor, y otros tantos moribundos gemían y se retorcían de tal modo que hacían parecer la muerte el menor de sus problemas. Ya debería estar acostumbrado a aquello, diez años sufriendo los amargos horrores de la guerra hacían de un hombre alguien rudo, con el coraje y la fuerza de voluntad suficientes para seguir luchando aún cuando sus compañeros iban cayendo por centenas bajo el fuego enemigo. Pero no eran compañeros, eran sus hombres los que estaban muriendo, y lo hacían por nada; o al menos nada que él pudiese entender.
Eso era exacta
mente lo que le corroía las entrañas, y cebado por el odio y la rabia era incapaz de pensar con claridad. Todo por las ansias de gloria de un comandante estúpido que no quiso ver lo que estaba plantado delante de sus narices. No pudo desobedecer la orden directa de un superior, aun sabiendo cual serían las consecuencias, y ahora se sentía impotente sin saber como sacar a sus hombres de aquella matanza. La culpa recaía sobre sus hombros con tal fuerza que le costaba la misma vida continuar en pie.
-¡Maldita sea teniente! no podemos seguir avanzando -una voz jadeante interrumpió sus fútiles pensamientos- ¡Hemos perdido más de la mitad de nuestros jodidos hombres en tan solo cincuenta metros!
Conocía pocos soldados que, como Arrieta, hablaran tan descortésmente a un superior, pero aquello era precisamente lo que más agradecía de aquel veterano sargento. Siempre sincero, tan directo como una flecha dirigiéndose a su objetivo, soltaba las verdades sin tapujos ni eufemismos. Quizás por aquella razón aún seguía siendo sargento, durante lustros condenado a estar bajo las órdenes de muchachos que aún gateaban cuando él ya luchaba en el campo de batalla. Le gustaba tenerlo a su lado.
-¿Cuantos más necesitamos? -sabía la respuesta a aquella pregunta, pero necesitaba tiempo para pensar.
Arrieta asomó su enjuto rostro por encima del pequeño montículo de arena que los ocultaba de sus enemigos. No tuvo que pensárselo demasiado, él también conocía la respuesta.
-Al menos doscientos señor -sus palabras quedaron suspendidas en un quedo murmullo mientras volvía a ocultarse- Quizás ciento cincuenta, aunque desde aquí no sabría decirle con seguridad.
Ni doscientos ni cie
nto cincuenta, dudaba que pudiesen avanzar ni ochenta miserables metros con aquella torre aniquilando a todo lo que se movía. Decenas de pensamientos se agolpaban en su cabeza, pero ninguno que le ayudara a resolver aquel intrincado rompecabezas en el que se había metido de lleno... y a sus hombres con él. De todos modos se había dado por vencido, esta vez ni su prodigiosa mente ni sus más que avalados conocimientos militares servirían de nada, pensó con sorna mientras inclinaba una de sus comisuras en un intento de sonrisa amarga. Un milagro era lo que necesitaban.
Un tenue rugido sonó encima de sus cabezas. Una avión de reconocimiento hacía su ronda a unos quince mil pies de altura, a salvo de los misiles tierra-aire, obteniendo cientos de datos sobre la superficie que más tarde utilizaría inteligencia para planear sus movimientos. Era una útil herramienta, aunque se necesitaba un control total del espacio aéreo para poder realizar aquellas maniobras con la seguridad requerida. Nada nuevo, de todos modos el bombardeo quedaba descartado ¿Qué demonios hacían allí? Ese era el pensamiento más recurrente. Nada de ideas, nada de milagros.
CONTINUARÁ...
viernes, diciembre 02, 2011
Conversación entre hermanos

- Fíjate lo que son las cosas, los pobres no saben dónde estoy y “los tuyos” le dicen que encontrarme es reabrir heridas ¡Qué Barbaridad! ¡No se puede abrir una herida que no se ha cerrado!
- Pues anda qué… Cuando aquello fue para adelante fui convencidísimo porque no me gustaba como estaban las cosas, tienes que reconocer que era muy bonito pero en la práctica era un desbarajuste, yo seguía a las cabezas, pero el levantamiento quedó descabezado y nos tuvimos que conformar con el cerillita.
- ¿Así le llamabais?
- Así le llamábamos, nunca entenderé como después de lo mal que se lo hicimos pasar en Zaragoza, reabrió la academia. Era un tibio, no tenía ni chispa de inventiva militar, fatal para la estrategia, pero también tenía una mala hostia… Entiendo que no quieran dejar sus estatuas, a mi parecer no se las merece, a no ser que se explique en las placas quien es, pero hubo, en el levantamiento, quien no creía en su manera de hacer estado y sin embargo esos son tratados como criminales, ahora hay que borrar la huella de todo el mundo.
- Espero que no sigan así, nos tienen que recordar a ti y a mí, primero por nuestros nombres y luego como patriotas, independientemente de la cantidad de colores que tuviera nuestra bandera.
- Los dos caímos como caen los hombres, teníamos la sangre del mismo color, el mismo idioma, cantidad de elementos culturales comunes…
- Hermanos, éramos hermanos, todos lo éramos y nos matamos, eso es lo que hay que superar, sin olvidarlo y sin necesidad de peleas. Aquel que no conoce su historia está condenado a repetirla, eliminar todos los nombres es eliminar la historia, eliminar los monumentos es tan atroz como quemar iglesias.
- Eso no me lo digas a mí, que nosotros no rompíamos vírgenes.
- Y yo nunca estuve de acuerdo con aquello, claro que se me contagió el anticlericalismo, pero fui siempre consciente de que los bienes materiales que poseía la iglesia no dejaban de ser patrimonio cultural, pero a veces los hombres se ciegan y en el 36 nos pusimos una venda todos y nos fuimos a pegar garrotazos a todo lo que pillásemos por medio. Razonar… razonar es una facultad intrínseca en el ser humano que lo define, lo distingue del resto de los animales, pero no siempre razonamos, no siempre somos tan humanos.
- ¡Qué bien hablas coño! Supongo que con la perspectiva que ofrece verlo todo desde lejos hemos llegado al acuerdo de que todos formamos parte de la memoria histórica y las cosas deben dejar de verse como Vencedores y Vencidos, tal y como se hizo mientras cerillita estuvo vivo, y como Reprimidos y Represores, que es hacia donde están girando.
- Hermanos, éramos hermanos y nos matamos, somos hermanos y no nos perdonamos.
- Yo te perdono.
- Y yo a ti.
miércoles, noviembre 23, 2011
Carta de Odio
miércoles, noviembre 16, 2011
Cien pasos para morir
La pesada puerta de acero se abrió bruscamente, contaminando la celda con ese irritante eco que me embotaba la cabeza. Escribía mis últimas palabras casi compulsivamente, aterrorizado por no poder terminarlas antes de que me obligaran a abandonar para siempre, el que había sido mi hogar durante los últimos veinte años. Había procurado dejar todos mis escritos minuciosamente organizados, acompañándolos con una nota en la que explicaba qué hacer con ellos, pero me había retrasado ultimando los detalles, y ahora corría desesperado por no dejar cabos sueltos antes de que mis verdugos me invitaran a soltar la pluma y me escoltaran servicialmente hacia la muerte.
–Es la hora –me anunció el alguacil mientras dos funcionarios se aproximaban por mi flanco izquierdo con esposas en mano.
–Sólo necesito unos segundos –respondí con cierta zozobra-, no puedo dejar esto sin acabar.
–Sabes que eso es imposible. Este... proceso, requiere una exquisita puntualidad –replicó con tranquilidad mientras conducía a los guardas con un simple ademán de cabeza–, así que ponlo fácil y levántate para que podamos esposarte.
–¿Este “proceso”? –necesitaba tiempo– ¿Por qué no llamarlo por su nombre y decir directamente ejecución? Sería mucho más apropiado.
–Como prefieras, pero has de levantarte –su quietud parecía imperturbable.
–No debe ser cómodo ser el mensajero de la muerte –me dirigí entonces a los encargados de custodiarme–, pero por mi parte os perdono, sé que sólo hacéis vuestro trabajo.
Durante unos instantes se mostraron confundidos, y miraron dudosos a su jefe, paradójicamente sorprendidos de la resistencia mostrada por un condenado a muerte minutos antes de ser sentenciado. Y señalo paradójico por lo contradictorio que puede parecer que un hombre acepte tan aciago destino sin lucha ni oposición, y sin embargo, a fuerza de costumbre, convertirse en algo tan habitual que cualquier vacilación o demora en lo que parece ser una liberación más que un castigo, resulte extraordinario en vez de vulgar.
Fuera como fuese, su desconcierto se tornó rápidamente en determinación con un nuevo ademán de cabeza por parte del alguacil, esta vez más violento, más perentorio. Inmediatamente antes de ser conminado por los guardas a dejar mi incómodo asiento y levantarme para ser aherrojado, concluí mis últimas voluntades y abandoné cualquier atisbo de rebelión con un diligente gesto de sumisión, mostrando mis manos y mis pies para ser esposados. En el escritorio quedaban huérfanos los restos de mi última comida, un bolígrafo medio desgastado, un viejo flexo de hierro anclado a la pared y miles de folios donde escribí, durante las dos décadas en las que estuve esperando mi final, todas mis reflexiones. Una generosa hacina de papeles que había escondido celosamente de ojos curiosos, y que esperaba se convirtieran, algún día, en mi única contribución a un mundo al que desgraciadamente sólo había causado dolor.
Comencé a recorre
r el pasillo. Cien pasos, escoltado y encadenado, desde mi cautiverio hasta mi óbito. Cien pasos que parecieron cien millas; cien millas recorridas en un instante. Y en ese instante todo tipo de pensamientos se agolpaban en mi cabeza, fútiles pensamientos de un condenado a muerte, preguntas y respuestas que carecían ya de importancia. Me invadió entonces la sensación de estar recibiendo el castigo de otro desgraciado, de que realmente ejecutaban al hombre equivocado, porque ¿qué es lo que quedaba en mí de aquel joven malnacido? No pensaba en injusticia, pues hacía tiempo que acepté mi castigo y renuncié voluntariamente a ese derecho que tenemos todos de luchar por nuestra vida. Vida que arrebaté a mi víctima sin concederle oportunidad alguna, pero realmente sentía que mi yo, en aquel momento, era muy distinto a mi yo de hacía veinte años.
Si me hubiera encontrado cara a cara con aquel chico inseguro y frustrado, hubiese intentado convencerlo de que aquella no era la solución. Que toda esa rabia acumulada, producto de la temprana muerte de su padre, de la falta de cariño y atención de su madre, de las incesantes palizas recibidas por su padrastro, del fracaso que acompañaba todos sus actos, del entorno hostil donde se educó durante toda su infancia, de las drogas, de las peleas, de sentirse perdido e incapaz de encontrarse... toda esa rabia acumulada no podía ser apagada con destrucción, que nadie se puede erguir con el privilegio de arrebatar algo tan sagrado como la vida y querer desentenderse del mal infligido. Pero lo cierto es que cualquier discurso hubiese sido en vano, dudo mucho que por aquel entonces estuviese dispuesto a reflexionar sobre nada de lo que hacía, y eso incluía el asesinato. Quizás hubiese bastado con un poco de amor y comprensión. Sé que puede parecer inocente o pretencioso pensar que el amor y la comprensión pueden salvar vidas, pero realmente lo creía.
Había recorrido cincuenta de los cien pasos pensando en el antes, y al cincuenta y uno comencé a pensar en el después. Muchos pueden creer que el después para un condenado a muerte no existe, y en cierto modo es así, saber que eres únicamente para dejar de ser, es una sensación muy difícil de sobrellevar. No se puede vivir sin futuro, sin esperanzas, sin ilusiones o desilusiones... no se puede vivir sin nada que esperar, sólo se puede sobrevivir a la espera de tu final. Por eso la mayoría de los reos se niegan a aceptar su sino y luchan hasta el último momento con el anhelo de que un giro inesperado, y casi disparatado, les libre de la muerte, aunque ello significara pasar los restos entre rejas. No es pues una cuestión de arrogancia o desdén el pelear por tu vida habiendo tomado otra, sino mera supervivencia inherente al ser humano. Yo había pasado veinte años esperando la inyección, y hacía sólo cinco comprendí que por respeto a la víctima, a sus familiares, a los míos y, sobre todo, a mí mismo, debía dejar de luchar y rendirme a la muerte como lo hacen los ancianos cuando saben que ha llegado su hora.
Curiosamente fueron estos cincos años los más provechosos de mi encarcelamiento, en los que, sin un futuro en el que pensar, pude centrarme sin distracciones en el presente y en el pasado. Reflexioné sobre las decisiones que me habían arrastrado hasta aquella situación, y sobre las causas que me llevaron a tomar esas mismas decisiones. Pensé en mi responsabilidad y si el castigo impuesto era la mejor manera de hacerme pagar por mi crimen. Si hubiese creído que mi muerte liberaría al mundo del dolor ocasionado, sin duda todo habría merecido la pena: el sufrimiento de mis abuelos hasta su temprano fallecimiento, la frustración de mi hermano menor que lo arrastró a un final incluso más penoso que el mío, la agonía de mi madre por sobrevivir a sus hijos... si con mi sacrificio y el de toda mi familia hubiese podido devolverles la felicidad a quienes se la arrebaté hace veinte años, la pena capital me hubiese parecido la más justas de las sentencias. Pero lo cierto es que aquello carecía de sentido, y desgraciadamente ni mi muerte ni el daño causado a todos mis seres queridos, conseguiría aliviar la angustia sufrida por las víctimas durante todo este tiempo. Parecía irónico que para pagar por un crimen se necesitara infligir tanto dolor. ¿Realmente no existía otra alternativa? Protestas silenciosas que desde hacía tiempo no compartía con nadie, sólo conmigo mismo y con el papel que me acompañaba perenne en mi cautiverio.
Por fin di el último paso para encontrarme de bruces con las puertas del averno. Tras ellas la muerte, tras de mí cien pasos. En aquel momento solo deseaba reencontrarme con mi víctima y pedirle disculpas.
una y otra vez
para intentar aprender en vano,
que ninguna vida se debe tomar
por antojo ni castigo humano.
jueves, noviembre 10, 2011
Viaje en coche
Ahora queda a tu izquierda un mar azul inmenso, el agua está
tan clara que te parece ver los peces, el acantilado es alto, pero no te da
miedo la carretera filosa por la que transitas, todo lo contrario, disfrutas de
la marcha, del paisaje, de la temperatura suave típica de las zonas costeras, tu
copiloto canta a voz en grito Free Fallen de Tom Petty y yo no puedes dejar de
sonreír.
El terreno vuelve a ser abrupto, vuelve la carretera curvada
y el paisaje pajizo, el trigo hace ondas marinas color de oro a ambos flancos,
en un momento dado empiezas a oír un rugido, quitas la radio, como si fuera un
león, tu acompañante hace cávalas, suena a convoy, tú confirmas, es un convoy
de Harleys que aparecen en la siguiente curva, cada una de un color, unas
originales, otras custom, unas con la horquilla hasta las nubes, otras
deportivas… Encuentras un hueco entre ellas en un vistazo, miras las líneas
discontinuas, esta es la tuya, adelantas a dos de ellas y te quedas a su nivel
un instante, para verlas, sus conductores
dejan el manillar y empinan su dedo gordo para saludarte, tu acompañante
y tú contestáis de la misma manera al saludo. Terminas de adelantar y te metes
en mitad de la caravana, todavía con el dedo levantado y con una sonrisa en la
cara, como si Mickey Mouse hubiera venido a felicitarte en persona en tu quinto
cumpleaños. sábado, noviembre 05, 2011
Besar: manual para principiantes.
Desde tiempos inmemoriales, el ser humano ha expresado su afecto hacia los demás con un simple gesto llamado beso. Besar, que es la acción de dar un beso, consiste en apoyar la zona carnosa que rodea nuestra boca y a la que nos referimos como labios (pues son dos: el de arriba y el de abajo), bien pegados (el de arriba con el de abajo), ya sea en la mejilla, la frente o la boca, o en cualquier otra parte sensible de la persona, o animal, a la que queremos obsequiar con tal regalo. Justo en el momento de retirar los labios, será imprescindible separar ambos (el de arriba y el de abajo), acompañando dicha maniobra con una succión de aire de intensidad variable (según el tipo de beso), que debe provocar un sonido seco y levemente chirriante. Note el lector, que sin una posición adecuada de los labios (boca de mono), la succión de aire no sería del todo eficaz, y el beso quedaría tristemente a medias entre beso y chupada.
Hay tantos besos como personas, y según donde se propinen, su sonoridad, o con qué vayan acompañados, tendrán significados tan variopintos como las reacciones de los afortunados, o desgraciados, que los reciban. Besos secos, húmedos, castos, fraternales, pasionales, de abuela o de compromiso... tantos tipos que sería imposible explicar todos tan detalladamente como se merecen. Es menester de este manual describir solo uno de ellos, sin duda el más complicado de dar: el primer beso pasional. Es nuestra intención evitar que jóvenes e inexpertos besadores, puedan confundir la forma o el momento y convertir este insigne beso en un triste desacierto.
Cuando dos personas se conocen, existe la posibilidad (probable en algunos casos y remota en otros) de que ambos se gusten lo suficiente para seguir viéndose con la asiduidad que ellos mismos determinen adecuada. Si este gusto cruza la linea del trato amistoso, para adentrarse peligrosamente en una atracción más carnal, es seguro que, más temprano que tarde, alguno de ellos (o ambos al mismo tiempo) se verá obligado a dar un paso al frente y consolidar dicha relación “amistosa” con su primer beso pasional. Los besos pasionales son, al mismo tiempo, tan fáciles y difíciles de dar como de describir, y decidirse a hacer tan delicado movimiento es, cuanto menos, arriesgado. Una vez tomada la decisión, atinar con el momento, el lugar o la intensidad de dicho beso, es tarea harto complicada. No es el objeto de este manual aleccionar sobre como asegurarse el buen devenir del primer beso, ya que nos estaríamos adentrando, injustificadamente, en un terreno pantanoso por el que se hace difícil caminar, pero sí describiremos con esmero una de las muchas maneras correctas de darlo. Por razones operativas nos centraremos en la escena más tradicional (hombre besa a mujer), dejando otras combinaciones, tan respetadas actualmente como la anterior, para futuros manuales. Dividiremos el beso pasional en tres partes: primer contacto o beso seductor, segundo contacto o beso vehemente, y tercer contacto o beso de consumación.
Mire a su compañera directamente a los ojos, donde estarán impresos sus verdaderos deseos. Con la habilidad necesaria podrá leer en ellos si el inminente beso será bien recibido o, por el contrario, se arriesga a una dura represalia (tortazo en la cara). Si es incapaz de realizar dicha lectura por falta de experiencia, no se preocupe, la vida es para los valientes. Sin retirar la mirada, como en un vano intento de hipnotizarla, acérquese muy lentamente, dirigiendo la punta de su nariz hacia la punta de la de ella. Mientras, agarre suavemente, con su mano diestra, la parte trasera de su cuello (el de ella), para subir poco a poco hasta la nuca entrelazando los dedos con el pelo. Llegado a este punto la intención es clara, y a menos que realmente la haya conseguido hipnotizar (poco probable), su pasividad será la aceptación tácita al beso, por lo que continuar resultará insultantemente seguro. Siga acercándose al mismo tiempo que torna la cabeza hacia la izquierda, para que sus narices no colisionen evitando el triunfal encuentro de labios. Cierre los ojos, pues se dice de quien besa apasionadamente con ellos abiertos, que no es persona de confianza.
El primer contacto (seducción) ha de ser casi una caricia, con los labios sueltos y entreabiertos, transmitiendo toda la ternura de la que uno dispone, mientras se masajea el pelo con la mano anteriormente situada en la posición adecuada. Roce suavemente sus labios (los de ella) con la lengua, y termine con una leve succión del belfo inferior, que puede ir acompañada de un lene bocado. Nótese que en este instante, tanto usted como la afortunada a la que besa, son un amasijo de nervios, y es fácil cometer algún error que eche a perder tan eximia situación. Tómeselo con calma e intente enfocar su excitación al segundo contacto (vehemencia).
Inmediatamente después de soltar el labio, y sin haberse despegado en ningún momento más de unos pocos centímetros, vuelva a aproximarse para un nuevo encuentro análogo al anterior (siempre con los ojos cerrados), pero más energético, más violento. Achuche con su mano diestra (situada en la nuca) la cabeza de ella contra usted, y encuentre la posición adecuada para que sus bocas encajen perfectamente. Realice un juego cautivador con su lengua mientras rozan sus labios, que deben disponerse sueltos y carnosos; nunca duros o constreñidos. Este beso, más ardiente que el primero, ha de durar más tiempo, pudiendo subdividirse en tantos besos como se crea oportuno, según la situación y el disfrute. Atento a las sensaciones que le puedan abordar en estos momentos: extraños cosquilleos, perdida de la orientación, mareos, etc. No se deje distraer por estos efectos secundarios causados por la excitación e intente disfrutarlos con fruición, son parte del juego. Vuelva a concluir el contacto con una nueva succión del labio inferior, esta vez más vigorosa y acompañada de un sentido mordisco (sin excederse en intensidad).
Aborde el último contacto (consumación) para finalizar el beso. Abra los ojos y mírela atentamente. Apoye su frente en la de ella y traslade la mano diestra (anteriormente situada en la nuca) hacia la parte lateral de su cuello, mientras la acaricia con suavidad y roza casi imperceptiblemente su oreja con el dedo pulgar. Acompañe dicha maniobra con una media sonrisa para mostrar complicidad y asegurar, más allá de toda duda, que el encuentro ha resultado plenamente satisfactorio. Lance un último beso desde esta misma posición, propinado en el labio inferior, suave, de sonoridad intermedia y ligeramente húmedo, procurando que el contacto entre ambas bocas sea completo. Y concluimos con este gesto nuestro primer beso pasional.
Son posibles otras muchas combinaciones tan válidas como la anterior, pero una máxima es coincidente en todas ellas: goce de su primer beso como si fuera el último, pues sus sensaciones perdurarán en el tiempo, y por muchos años que permanezca unido a su pareja, siempre quedará su reminiscencia para deleitarle, o atormentarle, el resto de su lacónica existencia.
lunes, octubre 31, 2011
Cumpliendo una promesa
Todo a su alrededor era verde y azul, la hierba, el cielo y aquella esquina de mar que se veía desde la ventana, Rita se había quedado dormida en sus brazos mientras que los mellizos, Gregory y Cary jugaban a los vaqueros, ella no dejaba de mirar el camino hacía la casa, en cualquier momento llegarían y no sabía como reaccionar, qué hacer, ni siquiera si dejar o no a la niña en la cuna. Siempre había sido una mujer resuelta, que, por carácter, había tenido que sobreponerse a los nervios desde niña, así que se dirigió a la habitación de la pequeña y la dejó en la cuna, el frío en el pecho que deja el desembarazarse de un bebé no era nunca reconfortante, pero aquella vez lo era aún menos. Fue a la cocina y se dispuso a hacer café, al fin y al cabo aquella mujer tenía raices francesas, igual que ella, el café era ir sobre seguro, no terminaba de entender porqué esa obsesión por impresionarla, al fin y al cabo debería ser al revés.Acababa de apagar la cafetera cuando oyó las llaves en la puerta, el corazón le dio un vuelco, instintivamente fue a limpiarse las manos en el primer trapo que tuvo a mano y se fue al pasillo, los niños habían dejado de prestarle atención a la emboscada que recreaban y también miraban a la puerta.
Humphrey era muy educado, así que dejó pasar primero a los invitados, en primer lugar ella, con su media melena mediterránea, alguna cana entre el profundo negro y los ojos muy grandes y verdes, su marido tenía razón era muy guapa, a pesar de los años que ya habían pasado por ella, le seguía un señor alto, algo más joven que ella, con un porte muy años 50 y detrás de ellos una chica, de unos 14 años, claramente hija de ambos, labios y ojos de la madre, estructura del padre.
Ella se acercó muy rápido a Shirley y la besó en las mejillas.
- Cuánto tiempo, prima, que ganas tenía de verte- En el abrazo le apretó estratégicamente con una de las manos y miró a Humphrey, que le guiñaba un ojo desde la puerta.
- Yo también tenía ganas de verte- Contestó Shirley como pudo- Niños, saludad a mi prima Audrey- Cary y Gregory se acercaron a besar a la prima postiza.
Shirley saludo a Christian, el marido de Audrey, y a Irma, la hija de ambos, estaba bastante azorada, pero intentaba disimularlo, había demasiada familiaridad fingida con gente que no había visto nunca, claro que todo aquello tendría una razón de ser y pronto se enteraría.
- ¿Has hecho café?- Dijo la invitada- ¡Cómo me conoces! Vamos, te ayudo a servirlo- Shirley se vio guiada hasta su propia cocina sin saber muy bien como- Perdona la escena- continuó Audrey- cuando Des... Humphrey me escribió la primera vez le dije a Christian que eras mi prima, para que no hubiera ningún tipo de filtro, con el tiempo podría haberle contado la verdad, me fio de él, pero simplemente no lo hice, disculpa- suspiró profundamente- ¡Qué ganas tenía de conocerte!- Ahora, al ver su sonrisa comprendió todo lo que su marido le había dicho, era sincera, transparente.
- No sabía como tomarme esto, Humphrey habla de ti, no me da detalles, pero este último mes ha estado intentando que te cogiera cariño sin conocerte... He estado muy nerviosa...
- ¿Nerviosa? No mujer, nerviosa estaba yo, esta no es una situación normal, ni mucho menos, en cierto modo quería impresionarte, que no pensaras que él estuvo con cualquiera... No sé si me explico.
Aquella mujer que había entrado en su casa y que se había ocupado, tiempo atrás de sus cosas, estaba tan nerviosa como ella y tenía las mismas impresiones que ella, no le extrañaba que su marido se hubiera asido a ella en su ausencia, lo que le extrañaba es que no se hubiera quedado con aquella impresionante mujer.
- Yo quería impresionarte a ti... - Atajó el gesto de interrumpirla y continuó- No quería que pensaras que se fue por nada.
- Yo ya sabía que no se fue por nada.
Ambas mujeres se sonrieron, sintieron cierta comunión la una con la otra, una sensación que se tiene muy pocas veces y sin necesidad de decirse nada más se abrazaron y lloraron.
- ¿Traéis el café?- Humphrey apareció en la cocina- Es que no sé que hablar con tu marido, no sé que le has contado.- Él agarró por la cintura a su mujer y la besó en la mejilla- ¿Por qué lloráis? ¿Os habéis estado peleando por mi?- Humphrey levantó la ceja- Sé que soy irresistible, pero no es para que os peleéis.
- Te podías haber quedado tú con él.- Dijo Shirley a modo de broma.
- De eso nada, tu lo viste antes.
Los tres rieron. fueron al salón, bromearon, continuaron con la piadosa mentira y disfrutaron de sus compañías, desde entonces Humphrey no volvió a intercambiar correspondencia con Audrey, fue Shirley la que continuó aquella relación, el cuidado por el mismo hombre las unió para siempre.
domingo, octubre 23, 2011
La Primera Vez (carta de presentación)
Hay una primera vez para todo, o al menos eso aclama el dicho popular. Una frase sencilla que, además de describir una realidad irrefutable, guarda una profunda reflexión sobre nuestros actos, las causas que nos llevan a realizarlos y sus consecuencias. Y ésta es la primera vez que escribo en un blog. La primera que publico mis pensamientos, mis experiencias, mis inquietudes y, sobre todo, mis sentimientos, y los expongo a la opinión del gran público.
Como toda primera vez que se precie, el miedo a lo desconocido y los nervios por la incertidumbre están presentes. Pero también hay ilusión y esperanza: ilusión por formar parte de este proyecto y haberme decidido, después de muchos años, a dar un paso hacia delante como escritor y compartir mis obras con todos vosotros; esperanza de que juntos disfrutemos de esta trepidante aventura que es leer y escribir.
Pero más allá de estas reflexiones, esta no sería una buena presentación si no me diera a conocer, explicara mis motivaciones e hiciera, por supuesto, una buena declaración de intenciones:
Mi nombre es Sergio -mi hermano, con tan solo ocho años, lo eligió especialmente para mí-. De mi padre tomé el apellido García, y de mi madre Martín -muy españoles, demasiado frecuentes para mi gusto-. Nací, hace ahora treinta años, seis meses y seis días, en la Bola Azul de Almería -pertenecí a la última generación que vio por primera vez la luz en este antiguo hospital-. Mi parto, como el de casi todo el mundo, esconde una tierna historia digna de ser contada, aunque, disculpadme que os diga, no será en este momento ni en este lugar, cuando y donde lo haga.
Desde bien pequeño siempre me han llamado más la atención los números que la letras, confesión que en boca -o en manos- de un pretensor a escritor es, cuanto menos, sorprendente. Pero así era y así sigue siendo, y quizás por eso piense que este arte no está reservado únicamente para los puristas de la literatura. Leer es cantar, y escribir hacer música con las palabras como los compositores hacen música con las notas. Y si os paráis a pensar un instante, quizás descubráis que escuchar una sinfonía y leer un relato, tienen muchas cosas en común. Las palabras tienen musicalidad, las frases ritmo y los párrafos melodía, y cuando se lee o se escribe se puede sentir esta armonía como se siente cuando escuchamos a una orquesta. Y es precisamente aquí donde, creo yo, puede residir mi talento, pues para la escritura, como para la música, se necesita un buen oído, y de eso afortunadamente nunca me ha faltado.
Por desgracia el talento no es suficiente... hay que acompañarlo con una gran dosis de esfuerzo y disciplina. Se dice que el buen escritor se hace leyendo, que practica todos los días, y aún cuando está triste, desanimado, carente de inspiración o cansado hasta la extenuación, debe tener la voluntad necesaria para seguir haciéndolo. Si esto fuera cierto jamás seré un buen escritor, pues la constancia y el sacrificio no son precisamente unas de mis virtudes. Aún así nunca dejaré de escribir, con la ambición de hacerlo cada día mejor y a la espera de que, en algún momento de mi vida, el mundo reconozca el talento del que presumo.
Pero, ¿por qué escribimos? ¿Por qué nos acucia la necesidad de contar historias para que otras personas las lean, compartiendo nuestra pasión e inmortalizando nuestros pensamientos? Algo aparentemente tan nimio, tan característico del ser humano y, sin embargo, tan difícil de explicar. Yo comencé a escribir, hace muchos años, porque era una manera sencilla de convertir en realidad mis sueños. Todas las locas ideas que me invadían sobre mundos fantásticos y extraños personajes, se hacían más palpables cuando se tornaban a escritas. Más tarde descubrí que me servía como medio para aliviar mis frustraciones, como si el papel fuera un fiel confidente siempre dispuesto a escuchar nuestras penas. Las razones pueden ser cuales quieran, lo importante es que cuando tienes algo que decir y no te bastan los gritos para ser escuchado, esta es la mejor manera de conseguirlo. Yo os animo a que, si no lo habéis intentado, juguéis a ser escritores por un día y averigüéis vosotros mismos, porque escribir es algo tan maravilloso.
Esta es mi primera vez, pero os garantizo que no será la última. Hasta entonces un cordial saludo a todos y disfrutad de la lectura.
Agradecimientos:
A Estrella por brindarme esta oportunidad. Nos conocimos hace muchos años, aunque perdimos el contacto. Ahora, dos décadas después, nos reencontramos para descubrir que compartimos afición, y que ambos la practicamos con el mismo entusiasmo. Gracias por reconocer mi talento cuando yo no creía en él.
A María por ser mi inspiración. Amor, tu has conseguido ilusionarme con tus palabras, que confíe en mí mismo cuando me costaba tanto hacerlo. Gracias por tu apoyo, sin él escribir no sería lo mismo.





